En las últimas semanas diversos temas de conversación pública están servidos sobre la mesa, encabezando principalmente el papel conspirador que las estructuras criminales internacionales le han otorgado al Sisimite hondureño de Lempira.
Derivados de esos acuerdos macabros entre millonarios traficantes de toda laya es el secuestro de Maduro y Cilia, la imposición de una puercada de gobierno sionista en Tegucigalpa, y la desestabilización programada de México, Colombia y Cuba.
Con un enjambre de agencias estatales al servicio de la Torre Trump, nos quieren imponer esa obsesión de eliminar las izquierdas, sus estructuras sociales y sus partidos políticos. No son temas para tomar a la ligera, son cosas gruesas que deben encabezar los análisis con acciones precisas, públicas y clandestinas.
Pero hay un tema más urgente que esos. El calentamiento irreversible de nuestra Casa Común, como llamó el papa Francisco a nuestro único planeta, que gime.
Los carboneros, las petroleras, los mineros, las monoculturas, los petroquímicos, los plásticos, los metalúrgicos, los madereros, los procesadores de alimentos en serie, hicieron que la temperatura de la Tierra aumentara 1.6 grados centígrados a su valor global promedio, que siempre había sido entre 15 y 35 grados centígrados, no 40 ni 42.
Al Oeste de Honduras, el lunes anterior, una familia que vive cerca de Las Flores, Lempira, al otro lado del río Higuito, reportó que la fuente de origen que abastece de agua a sus 8 miembros adultos se redujo drásticamente. El volumen del nacimiento perdió el 60 por ciento de su capacidad de suministro por manguera en sólo los primeros dos meses del verano.
La sequedad áspera, el corte comercial del pino ancestral en los alrededores y los incendios sin control, masacraron las capacidades de vida del manto freático. El suelo fue descrito como agrietado y chicharronoso.
En otro extremo de Honduras, en la escuela Cabañas del barrio Guanacaste de Tegucigalpa, una mujer de 53 años murió durante la celebración del Día de la Madre sofocada por el calor que desató una crisis cardiaca fulminante, sin dar tiempo a la resurrección médica.
En Belén Gualcho, en la parte alta de la montaña El Celaque, esta semana se informó que la sobrecarga del sistema eléctrico en una vivienda provocó un incendio que cobró la vida de un niño de dos años de edad, seriamente lesionado por el fuego sin control.
Los últimos dos años, 2024 y 2025, fueron en la Tierra los más calientes después de la era preindustrial, o sea, hace sólo 126 años. Y este 2026, ya ustedes escuchan los primeros estragos.
La línea ecuatorial del planeta, la más caliente, atraviesa a Ecuador, Brasil y Colombia en América y en África, Kenia, Uganda y la República Democrática del Congo, que ya reportan olas infernales de calor y de sequía. Igual pasa en Indonesia y Maldivas, en Asia; y en Oceanía, Australia y Kiribati son el puro fuego.
Centroamérica, por su parte, distante unos 775 kilómetros de la línea ecuatorial, sufre las variaciones térmicas globales y las alteraciones climáticas provocadas por la mano criminal de los empresarios sin escrúpulos y por los hábitos lamentables de los consumidores.
Nos guste o no hablar de este tema, los responsables son los países emisores de los gases pesados encerrados en nuestra burbuja planetaria, es decir, el dióxido de carbono que emiten los motores a combustión, el metano, el óxido nitroso y el vapor de agua principalmente. O sea, Estados Unidos, Unión Europea en bloque, Rusia, India y China, entre otros.
Frente a esta catástrofe ya en cuenta regresiva, los cristianos católicos llamaron en 2015 a todas las culturas del mundo, a todas las creencias, a reaccionar a esta urgencia climática global descrita en la Encíclica papal Laudato Sí – Alabado seas –, a ejecutar pequeñas y grandes acciones a favor de nuestra “Casa Común”.
La Carta Pastoral, que celebra esta semana de mayo los primeros 11 años de acción, plantea el concepto de Ecología Integral, que reconoce que «Todo está conectado en la creación y en la evolución de la Naturaleza y que los cuidados ante los gritos de la Tierra y de los empobrecidos, son inseparables y no pueden esperar».
El papa Francisco subrayó que no existe por separado una crisis económica, social y otra ecológica, sino una sola crisis producto de la dominación violenta del patriarcado que pone al hombre como ser superior por encima de la mujer y de todas las otras formas vivientes, un millón de las cuales ya fueron extinguidas en estos últimos 100 años.
De modo que es inútil ponernos aquí a dar consejos para evitar golpes de calor.
Aquí estamos para nombrar los golpeadores en la única casa compartida que tenemos, y pararlos.
Parar de comer sus animales sacrificados, el gluten inflamatorio de sus harinas de granos modificados y el azúcar venenosa de sus bebidas; defender el agua como derecho humano y no como su mercancía. Consumir menos carros. Vivir en coherencia los valores de una espiritualidad ecológica que respete y ame la inmensa belleza de la creación universal. Pero que no se contente su pobre alma sembrando un arbolito y abandonándolo después. No hay tiempo para esas musarañas.
El papa, que el Milei de joh ofendió en vida, nos dijo claro antes de morir el año pasado: pasar del consumo insaciable al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desperdicio a la capacidad de compartir, «aprender a dar, y no simplemente a renunciar. Pasar poco a poco de lo que yo quiero a lo que el prójimo necesita”.
Bueno, esperamos que esta referencia al calor global que sentimos localmente y a las palabras del Papa jesuita, nos hagan timbrar la conciencia colectiva y que la próxima vez no volvamos a entregar el Estado a los asesinos de Berta Cáceres y de Juan López, ni a esa estructura criminal de los republicanos en el Obelisco y en la colonia Miramontes.
Buenas noches


























