La Asamblea General de las Naciones Unidas ha dejado al descubierto esta semana, una vez más, las costuras de un sistema internacional que oscila entre la hipocresía descarada, la impunidad criminal y la sumisión colonial.
El foro global asentado en Nueva York, concebido originalmente para salvaguardar la paz y el equilibrio global después de la segunda guerra mundial, se convirtió en un teatro donde la arrogancia del poder y la resistencia de los pueblos libran una batalla inocultable.
El regreso de Donald Trump al podio de la ONU marcó por segundo año consecutivo el ritmo de este doble juego.
Por un lado, el supremacista estadounidense no dudó en desempolvar su retórica agresiva contra Cuba, apelando al concepto de “Estado fallido” que esconde el bloqueo y el embargo genocida de Washington. Y profetizó en nombre de la pólvora sagrada que la gesta épica de 1959 caerá, porque representa una amenaza a la seguridad del pueblo estadounidense.
A esa agresividad de monarquía, el presidente de Cuba Miguel Díaz Canel le respondió en su turno que «La mentira es el recurso de quienes se niegan a aceptar el derecho a la libre determinación del pueblo cubano». Y agregó Díaz Canel que «Cuba no agrede, es agredida por Estados Unidos hace 66 años, y no amenaza; se prepara, dispuesta a defender a la Patria».
Al mismo tiempo, en un despliegue de oportunismo puramente electoral, Trump moduló un falso y melcochoso tono de paz hacia el presidente de China; un pacifismo de conveniencia calculado estrictamente para tranquilizar a los mercados y captar votos domésticos, mientras sus bayonetas ideológicas apuntan al Caribe. Al mismo tiempo que se esmeró en una cena fastuosa para Xi Jinping, se esmeró en el alistamiento del Pentágono. Así es ese cinismo naranja ya telegrafiado.
Pero el punto máximo de infamia en esta cumbre de las naciones en Nueva York lo protagonizó Benjamin Netanyahu. Que el primer ministro de Israel, señalado internacionalmente por crímenes de lesa humanidad, haya subido a la tribuna en lugar de ser capturado bajo las órdenes vigentes de la Corte Penal Internacional (CPI) es un insulto a la justicia universal. A la Humanidad entera.
Pero la infamia tuvo su respuesta en vivo y directo: en un gesto honroso que devolvió el sentido de decencia al recinto de la ONU, decenas de delegaciones oficiales abandonaron la sala de forma masiva y ruidosa. El vacío que dejaron en el plenario fue el eco vibrante de una solidaridad inquebrantable con los pueblos diezmados de Líbano, Cisjordania y Palestina, victimas del sionismo del Gran Israel.
En contraste con la barbarie amparada por Occidente, la voz de Luiz Inácio Lula da Silva se alzó como el verdadero discurso de la dignidad de la región. El presidente de Brasil plantó cara a la injerencia extranjera, condenó las agresiones multilaterales y recordó lo que significa el liderazgo soberano en el Sur Global.
Directo a las fauces de los injerencistas que se refugian en las Américas, Lula disparó en forma preventiva, al Trumpismo y a los cipayos que le hacen coro: «Brasil no cabe en el patio trasero de nadie».
Lamentablemente, el contrapeso a la grandeza latinoamericana provino del papel desastroso, vergonzoso y ridículo de Nasrry Asfura, cuya representación de Honduras careció de toda legitimidad popular y moral.
Colocado en esa vitrina internacional por el beneplácito de la agenda de Trump, los millonarios que excarcelaron al capo y las bandas de crimen organizado que controlaron las urnas el año pasado, Asfura evidenció una alarmante incapacidad: una figura que no sabe pensar por sí misma, incapaz de articular un discurso propio y perdido en los textos de la alta diplomacia neoyorquina.
Cuando Nasry Asfura sube a decir solemnemente ante los micrófonos internacionales que la democracia y la libertad en Honduras estuvieron bajo amenaza durante los comicios de 2025, ejecuta una pirueta retórica tan cínica como calculada.
Al exigir un supuesto respeto a la voluntad popular, intenta camuflar su carácter impostor, su victimización mentirosa sugiriendo que el peligro provino de fuerzas ajenas a su organización criminal. Lo que calla el discursito que escribieron al viejito es que el verdadero asedio a las urnas hondureñas tuvo nombres y apellidos propios: la interferencia sistemática de Donald Trump interesado en Roatán, la manipulación de la opinión pública operada por los robots de Fernando Cerimedo, el preso, y la silenciosa pero letal inyección financiera del crimen organizado.
No fueron amenazas fantasmas de izquierdas desteñidas o radicales; fue una maquinaria transnacional diseñada para distorsionar la soberanía popular en Honduras.
Esta misma desconexión con la realidad, el pobre papi de los basurales la llevó al plano ecológico. Resulta insostenible pretender colocar a Honduras como una víctima inocente y pasiva del cambio climático global. A esta élite pervertida que hoy habla en nombre del país no le luce reclamar justicia climática cuando su propia trayectoria empresarial está ligada directamente al negocio del cemento, la gestión opaca de la basura, la proliferación del plástico y el consumo desmedido de diésel. Atribuir la vulnerabilidad ambiental de la nación exclusivamente a las emisiones de las grandes potencias es una hipocresía estructural.
La crisis climática en Honduras es una tragedia autoinfligida por las élites económicas del cohep, la andi, la anamih y, por supuesto, la Standard, la Tela, las cañeras y los palmeros. El territorio nacional ha sido entregado sistemáticamente a una minería metálica sin controles y a industrias de monoculturas altamente contaminantes que agotan las fuentes de agua.
Los extensos parques industriales operan secando los suelos debido a las enormes demandas de recursos hídricos que arrebatan a las comunidades circundantes. Para consumar este ecocidio, ahora se promueve la instalación de plantas de inteligencia artificial en el litoral atlántico; proyectos de altísimo consumo energético e hídrico corporativo que amenazan con secar definitivamente los ríos de la cordillera que resguarda la costa, sacrificando los últimos bastiones ecológicos del país bajo la narrativa del progreso tecnológico.
Si usted pensaba que el impostor presidente hondureño anunciaría la expulsión de los piratas pedófilos del Atlántico y el respeto total a los pueblos garífunas, herederos de la lucha antirracista de Barauda y Satuy, se equivocó.
Si pensó que anunciaría un proyecto de ley para expandir las libertades públicas en vez de restringirlas bajo el influjo sionista de la inseguridad, el terrorismo y todos esos conceptos de la voracidad corporativa en el código penal, también se equivocó.
Nada de medidas alternativas a la voracidad petrolera de sus amos, nada de dignidad nacional porque no sabe qué es eso y nada de amor a la patria de Morazán, porque representa a una élite no hondureña que no sabe leer ni escribir ni el pasado ni el futuro de Honduras.
Esta Asamblea de la ONU nos deja una lección clarísima. Entre el cinismo de los imperios, la complicidad con los genocidas y el sobalevismo de los títeres locales, la verdadera soberanía solo reside en los pueblos y mandatarios que tienen el valor de no callar y de vaciar los palcos de la hipocresía.
Buenas noches

























