Regresó el crepitar de las antorchas y el despertar de la dignidad nacional

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El panorama digital global respira un aire distinto. El desmantelamiento parcial de los robots de Cerimedo y Negris, el mexicano de la derecha medio, están produciendo un respiro en el medioambiente digital.

Es por esa pausa del ciber que la primera convocatoria pública a encender antorchas la noche de ayer empezó a calentar la capital, Tegucigalpa.

El juicio en Santa Cruz y en La Paz, Bolivia, a esa maquinaria de desinformación operada por los robots de Cerimedo y sus peones de la derecha mediática internacional, abren una ventana de claridad en medio de la intoxicación virtual.

Pero la verdadera respuesta no viene de las pantallas de los celulares y las computadoras; viene de las calles. La primera convocatoria de las antorchas no es un déjà vu, es una reactivación de la memoria histórica que nos traslada a 2015, cuando el pueblo hondureño iluminó las ciudades para repudiar el saqueo de la dinastía criminal del sisimite del río grande. Y estos candiles se encienden justo cuando el capo se acomoda para el zarpazo.

Nos enfrentamos a un escenario de suplantación perversa. El régimen actual se sostiene bajo una fórmula de negligencia, ilegalidad y entrega a los intereses del sionismo financiero internacional y los dictados de Trump. Pero eso ya fue, el pobre viejito y sus secuaces están listos para ser suplantados por los sátrapas que saben lo que hacen.

El proyecto neocolonial de fragmentación territorial avanza sin disimulo sobre las Islas de la Bahía y el litoral atlántico, desde Gracias a Dios hasta el Golfo de Honduras. Lo que intentan consolidar en Tela, La Ceiba, Trujillo y Roatán no es desarrollo; es un capitalismo criminal, cripto-democracia de explotación sexual, mientras los socios agazapados del régimen de joh operan desde las sombras en los tres poderes del Estado para garantizar la impunidad.

El alarmante repunte de la violencia y el control territorial en Cortés, Yoro, Atlántida y Colón no es casual. Es el camino del dinero, de las armas, las drogas y los esclavos.

El desplazamiento forzado, las extorsiones y el cierre de negocios en Francisco Morazán y otros departamentos replican la misma receta de terror que padecimos en años anteriores.

Ante este diseño de despojo, la movilización de las antorchas —con toda su inocencia festiva y su espontaneidad— se alza con una consigna unificada y contundente: expulsar a los títeres impuestos por los laboratorios de la extrema derecha y recuperar la soberanía patria. Sin pericos tiernos.

No es tiempo para bromear. Este momento histórico no permite la distracción ni el debate accesorio. Exige de los sectores pensantes un análisis serio, orgánico y responsable. Proponemos desde este espacio que el eje central sea la movilización social permanente contra el modelo criminal transnacional.

El país va moviéndose progresivamente hacia una nueva zona de quiebre entre la población espoliada y una élite no hondureña que debe ser expulsada definitivamente del control del Estado, para recuperar la Patria.

Sin embargo, advertimos con firmeza: las victorias y el capital político de la resistencia en las calles deben ser administrados por liderazgos sociales honestos y comunitarios, no entregados a oportunistas de corto plazo que confunden la lucha social con el beneficio electoral.

El legado de Juan López es el ejemplo vivo de esa coherencia. Un líder comunitario que entendió la política como un puente para la transformación y cuyo asesinato sigue clamando justicia.

A dos años de su siembra, nos topamos con el mismo muro de impunidad que rodea el caso de Berta Cáceres. Los gatilleros materiales están presos, pero los autores intelectuales y los grandes empresarios mineros —como Lenir Pérez y los rostros corporativos que destruyen la montaña Carlos Escaleras— gozan de total libertad bajo la protección de un sistema judicial cómplice.

Este juego peligroso de la justicia concesionaria, laxa y selectiva cuenta además con el cinismo encubridor de las misiones diplomáticas occidentales. Por eso, el pueblo organizado debe tener claro el rumbo: las sedes “diplomáticas” del intervencionismo y la injerencia extranjera en las zonas altas de la capital deben ser el destino de nuestras próximas romerías de protesta.

Hay que nombrar a los actores de esta tragedia por su nombre, sin titubeos. Representan la decadencia de una colonización fascista que hoy empieza a agrietarse. Acompañados por la fuerza ancestral de nuestros pueblos negros, indígenas y mestizos, la voz colectiva de Honduras ya se levantó. No debemos avanzar hacia atrás. Sigamos. Buenas noches.

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